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A una semana del voto, la sombra del error: ¿por qué las encuestadoras en Perú ya no son sinónimo de verdad?

Los sondeos marcan tendencias, pero los recientes antecedentes electorales (2006, 2011, 2016 y 2021) evidencian fallos estrepitosos. Ante la volatilidad del voto peruano y el fantasma del «voto oculto», analistas advierten que las cifras no siempre reflejan la voluntad popular. No hay que olvidar el papel de las encuestas en el 2000 cuando pretendieron reelegir a Alberto Fujimori, sino fuera por las movilizaciones populares, el dictador hubiera estado 5 años más.

Lima, 06 de Abril del 2025
Faltan siete días para que más de 25 millones de peruanos acudan a las urnas, y los estudios de opinión pública se han convertido en el centro del debate político. Sin embargo, a diferencia de procesos anteriores, esta vez la ciudadanía y los analistas han levantado una bandera amarilla: las encuestadoras no siempre reflejan la verdad de la voluntad popular.

El escepticismo no es gratuito. En las últimas dos décadas, Perú ha sido testigo de algunos de los fracasos predictivos más sonados de la región. Desde el sorpresivo repunte de Ollanta Humala en 2006 (que no fue captado por las encuestas), hasta el vuelco entre Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski en 2016 (cuando los sondeos a boca de urna daban ganadora a la fujimorista por más de 5 puntos), el historial está lleno de advertidos errores.

Pero el punto de quiebre definitivo ocurrió en 2021. En aquella elección, la mayoría de las encuestadoras proyectaban un triunfo holgado de Keiko Fujimori sobre Pedro Castillo. Los resultados finales le dieron la victoria al hoy presidente por un margen de apenas 44 mil votos, en un balotaje que dejó en evidencia la fragilidad metodológica y el fenómeno del «voto oculto»: una masa de electores que, por vergüenza, temor o desconfianza, no revela su verdadera intención de voto a los encuestadores.

«En Perú, mentirle al encuestador se ha vuelto una forma de resistencia», explica a este medio la socióloga y analista política Rocío Silva Santisteban. «El ciudadano desconfía de quien pregunta, desconfía del sistema y, sobre todo, desconfía de que sus datos puedan ser usados en su contra. Eso distorsiona completamente cualquier muestra».

El factor Montesinos: la herida que no cierra
Parte de esa desconfianza tiene nombre y apellido: Vladimiro Montesinos. Durante la dictadura de Alberto Fujimori, el SIN compró a las principales encuestadoras para manipular resultados. Aquellas «negociaciones en la salita del SIN» dejaron una cicatriz histórica. Aunque hoy las firmas de investigación de mercado se han profesionalizado, el recuerdo de que las encuestas podían ser compradas para fabricar «realidades a la medida» sigue pesando en el imaginario colectivo.

A ello se suma la complejidad geográfica y social del país. Muchas encuestadoras tienen dificultades para llegar a zonas rurales andinas y amazónicas, donde el voto suele comportarse de manera distinta a la de Lima o las grandes ciudades. «No es lo mismo medir la intención de voto en San Isidro que en Huancavelica o Puno. Las dinámicas sociales son radicalmente diferentes, y si la muestra no las representa adecuadamente, el error está cantado», advierte el investigador político Fernando Tuesta.

¿Entonces para qué sirven las encuestas?
Los especialistas coinciden: las encuestas no deben ser leídas como un pronóstico exacto, sino como una fotografía del momento, con márgenes de error que en Perú suelen amplificarse. «Una encuesta no es un acta electoral. Es una herramienta que muestra tendencias, climas de opinión, pero nunca la verdad definitiva», recalca Tuesta.

A una semana de los comicios, varias firmas han publicado sus últimos sondeos. Pero los candidatos y la prensa han moderado el tono. Nadie quiere cantar victoria antes de tiempo, y la mayoría de los analistas recomiendan a la ciudadanía no votar «con la encuesta en la mano», sino con conciencia crítica.

«El único resultado que vale es el que se lee en el acta de la ONPE el domingo por la noche», sentencia Silva Santisteban. «Todo lo demás es ruido. Y en Perú, el ruido siempre ha sido peligroso».

Dato clave:
Según un estudio del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), más del 60% de los peruanos declaró  que «no confía en las encuestadoras», un porcentaje que se eleva en zonas rurales y entre los electores más jóvenes. La desconfianza, alimentada por errores del pasado y la sospecha de intereses oscuros, se ha convertido en un factor estructural del comportamiento electoral peruano.

Consejo al lector:
Si esta semana ve una encuesta que le muestra una ventaja de algún candidato, recuerde la historia reciente. En Perú, la voluntad popular suele guardar sorpresas. Y las urnas, al final, siempre tienen la última palabra.

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