Aunque nació en Estados Unidos, el nuevo Papa León XIV es considerado por millones como un peruano de corazón, tras dedicar más de tres décadas de su vida pastoral al pueblo peruano, especialmente en la región de Lambayeque.
Ciudad del Vaticano – 8 de mayo de 2025.
El humo blanco ha traído no solo un nuevo pontífice para la Iglesia Católica, sino también una gran emoción para el Perú. El nuevo Papa, Robert Francis Prevost, ahora León XIV, ha sido elegido en el cónclave realizado esta mañana en la Basílica de San Pedro. Aunque su nacimiento fue en Chicago (Estados Unidos) en 1955, su historia de fe, entrega y compromiso lo vincula íntimamente con el Perú, donde sirvió por más de 30 años como misionero, formador y obispo.
León XIV llegó a Chiclayo, en el norte del Perú, en 1985, como parte de su misión con la Orden de San Agustín. Desde entonces, se integró a la vida cotidiana del pueblo peruano, viviendo entre los más humildes, promoviendo el acceso a los sacramentos en las zonas rurales, y formando nuevas generaciones de religiosos. Su capacidad para entender las necesidades espirituales y sociales del pueblo lo convirtieron rápidamente en una figura clave para la iglesia peruana.
Fue párroco, formador de seminaristas y luego superior regional. Su cercanía con los fieles no solo fue pastoral, sino humana. Caminaba bajo el sol de Lambayeque, compartía el pan con los campesinos, hablaba el castellano con naturalidad y defendía los derechos de las comunidades más postergadas. En 2015, el papa Francisco lo nombró obispo de Chiclayo, cargo que ejerció hasta 2020, ganándose el respeto de sacerdotes, religiosos, laicos y autoridades.
Incluso después de ser llamado al Vaticano para asumir responsabilidades mayores como Prefecto del Dicasterio para los Obispos, nunca dejó de mencionar al Perú como su «segunda patria». En entrevistas, reconoció que fue en estas tierras donde descubrió el verdadero sentido del Evangelio: el servicio desinteresado, la cercanía con los pobres, y la fe que brota en medio de las dificultades.
Hoy, convertido en el 266° sucesor de San Pedro, su elección es vista por muchos como un reconocimiento a los pueblos de América Latina y, en especial, al Perú, donde su vida misionera dejó una huella imborrable. Desde Chiclayo hasta los Andes, pasando por Lima, Cajamarca y Piura, muchos peruanos celebran con emoción y orgullo que aquel “gringo” de corazón sencillo que llegó a misionar hace cuatro décadas, sea hoy el líder espiritual de más de mil millones de católicos en el mundo.
“Nos trajo esperanza, nos escuchó, caminó con nosotros. Para nosotros, ese obispo no era extranjero. Era uno más de nosotros”, recuerda doña Rosa Carranza, catequista lambayecana que lo conoció en sus primeras misiones.
La elección de León XIV marca un nuevo tiempo para la Iglesia: más inclusiva, más latinoamericana, más cercana a las necesidades reales del pueblo. Y en esta nueva era, el Perú está más presente que nunca en Roma.
