Desde el sur del Perú
La reciente renuncia del economista y excandidato presidencial Hernando de Soto a la agrupación política Progresemos no solo remueve el tablero electoral a un año del proceso de 2026, sino que deja al descubierto, una vez más, el desprecio estructural hacia el sur del país por parte de las élites políticas limeñas y el colapso moral de los partidos sin raíz ni alma.
De Soto, reconocido a nivel internacional por su trabajo sobre informalidad y propiedad, anunció que no postulará a la presidencia luego de romper su alianza con el partido Progresemos, liderado por Paul Jaimes Blanco. En su carta de renuncia denunció que dicha agrupación fue capturada por un “clan familiar” que impuso decisiones unilaterales, incluso incorporando a personajes con antecedentes judiciales sin consulta ni transparencia. De Soto declaró sentirse “enjaulado” dentro de un proyecto que, lejos de representar una plataforma para el cambio, resultó ser una red de intereses oscuros.
El sur como testigo invisible de la política limeña
La decisión de Hernando de Soto, más allá de su justificación personal, reafirma la lógica centralista de la política nacional: una política hecha de espaldas a las regiones. Durante sus últimas visitas al sur —particularmente a Cusco, Puno, Arequipa y Tacna—, De Soto intentó acercarse a líderes sociales, alcaldes y comunidades, pero siempre con un discurso vertical, sin incorporar verdaderamente las agendas regionales. Su plan de gobierno, si bien incluía menciones a la formalización de la propiedad rural, nunca fue trabajado desde la base ni en diálogo real con las organizaciones andinas y campesinas.
Y ahora, con su renuncia, el sur vuelve a quedar desairado. No por la decisión misma, sino por el trasfondo: De Soto había prometido incorporar a líderes de regiones postergadas en su equipo técnico y listas al Congreso. Sin embargo, su salida revela que nunca existió una estructura partidaria capaz de sostener esa promesa. Los candidatos del sur que buscaban una opción distinta a los partidos tradicionales, quedan nuevamente sin respaldo, sin plataforma y sin voz.
Una política de cartón piedra
Progresemos es otro ejemplo del modelo de partidos de cartón piedra: agrupaciones sin ideología, sin bases regionales, sin democracia interna. Partidos que aparecen cada cinco años para prestar su registro a figuras mediáticas o tecnócratas que, aunque tengan propuestas interesantes, terminan atrapados en estructuras vacías.
Desde Tacna hasta Puno, pasando por Moquegua y Apurímac, el descontento ciudadano frente a la oferta política es creciente. ¿Cuántos partidos han incluido verdaderamente al sur en sus planes de gobierno? ¿Cuántas veces hemos visto a candidatos prometer descentralización, solo para gobernar desde Lima con el mismo desprecio de siempre?
La renuncia de De Soto no es solo una noticia de coyuntura, es una radiografía del fracaso institucional de la política peruana. Y para el sur, es una confirmación más de que las decisiones se siguen tomando sin considerar las voces ni las urgencias de nuestras regiones.
Un vacío político peligroso
Con esta salida, De Soto no podrá postular en 2026 debido a los plazos legales. Sin embargo, ha anunciado que respaldará a candidatos regionales que también han abandonado Progresemos, intentando formar una nueva plataforma. Pero la pregunta es: ¿qué tan viable es construir una alternativa auténtica en tan poco tiempo? ¿Y cuánto de esa plataforma será realmente para el sur, más allá del uso simbólico?
En un país tan fragmentado y con heridas abiertas —sobre todo tras las protestas del 2022 y 2023 donde el sur fue estigmatizado como “radical” por exigir justicia—, la ausencia de liderazgos nacionales que miren de frente al sur solo contribuye a profundizar la desafección y el riesgo de una mayor polarización.
Conclusión: una renuncia que no sorprende, pero sí indigna
Lo que debería indignarnos no es la salida de un candidato, sino el hecho de que siga siendo tan fácil y tan común construir candidaturas sobre estructuras políticas fantasmas. Lo que debería preocuparnos es que el sur siga siendo la periferia del discurso, solo útil para las campañas pero nunca para la toma de decisiones.
La renuncia de Hernando de Soto debe ser un llamado de atención, no solo a los partidos, sino también a los pueblos del sur: no podemos seguir siendo convidados de piedra. Necesitamos construir nuestras propias plataformas, con nuestros propios liderazgos, desde nuestras realidades y territorios. Porque si esperamos que el cambio venga desde Lima, seguiremos decepcionados.
