Durante los últimos días, el nombre de Janeth Gómez se convirtió en tendencia local, acompañado de especulaciones alarmantes, teorías sin fundamento y titulares que hablaban de desaparición e incluso de secuestro incluso hasta de asesinato. Hoy, la verdad ha salido a la luz: Janeth no fue secuestrada ni víctima de ningún delito. Simplemente se encontraba de viaje hacia Lima, por motivos personales y sin haber informado previamente a su entorno familiar.
Este hecho, que debería haber sido tratado con prudencia y mesura, se transformó en un espectáculo de desinformación. Las redes sociales estallaron con versiones cruzadas, y algunos medios —en lugar de confirmar con fuentes oficiales— eligieron el camino del sensacionalismo, alimentando el morbo y el miedo en la comunidad. Radio Uno sacaba información cada media, información en base a especulaciones, sin sustento, informaciones para satisfacer la necesidad de morbo de los internautas.
Nos encontramos, nuevamente, frente a un caso que expone una peligrosa realidad: la velocidad con la que circula una noticia falsa supera con creces a la que tiene la verdad para abrirse paso. La responsabilidad recae no solo en quienes generan este tipo de contenido sin fundamento, sino también en quienes lo consumen y lo comparten sin verificar.
Janeth Gómez está bien. Nunca estuvo secuestrada. Su “desaparición” fue, en esencia, una mala interpretación amplificada por el ruido digital y la falta de rigor informativo.
Pero en este caso hay también víctimas inocentes, el taxista Edgar Alfredo Chipana Chipana (44) quien incluso por mandato judicial se ordenó tres días de detención preliminar, sindicado como principal sospechoso de la desaparición de Janeth Marisol Gómez Ylla quien abordó su taxi llevando maletas la tarde del sábado 10 en exteriores de su casa en Blondell, cercado de Tacna, versiones dan cuenta que incluso la muchedumbre fue en masa a la taxista a hacer justicia por sus manos, que hubiera pasado si la policía no interviene y pone a buen recaudo a este taxista, a estas horas estaríamos hablando de una víctima producto de la masa enfurecida alimentada por el morbo periodístico.
Pero el problema va más allá de un mal entendido. El impacto que esta ola de rumores pudo haber tenido sobre su familia, su entorno y la tranquilidad de una comunidad entera no debe tomarse a la ligera. La ansiedad, el temor y la desconfianza sembradas durante estos días no pueden borrarse con una simple declaración oficial.
Como sociedad, debemos exigir más responsabilidad a los medios de comunicación, especialmente a aquellos que se autodenominan serios o de trayectoria. Y al mismo tiempo, es urgente que los ciudadanos ejerzamos un consumo crítico de la información. Compartir una publicación sin verificar su fuente puede parecer inofensivo, pero puede tener consecuencias reales y dolorosas.
Este caso también deja otra lección importante: la privacidad y las decisiones personales no deben ser sometidas al escrutinio público ni al juicio viral sin contexto ni consentimiento. Todos tenemos derecho a ausentarnos, a viajar, a desconectarnos, sin ser tratados como protagonistas involuntarios de una novela mediática.
Ojalá que lo vivido con Janeth Gómez sirva como un punto de inflexión. Que nos lleve a reflexionar sobre el rol que jugamos, desde nuestras plataformas, en la construcción de una sociedad mejor informada, más empática y menos impulsiva.
Porque al final, la verdad no solo debe saberse; debe también respetarse.
